Do you even slide rule on your watch, bro?

Citizen Nighthawk

Citizen Nighthawk

Soy fan de los relojes de pulsera análogos, aun cuando no sé mucho sobre ellos. Nunca cambiaría un reloj análogo por uno digital o incluso un smartwatch: los análogos quizá sean obsoletos, pero son robustos, simples y mucho más duraderos. Además, me encanta el simbolismo mandálico. Como sea, hace algunos meses se descompuso mi viejo Steiner de casi 11 años y usé eso como excusa para comprarme uno nuevo. Elegí un Fossil simplemente porque me gustó su apariencia y su precio, pero me arrepentí cuando me di cuenta de que un golpe leve puede aflojarle las manecillas. Así que esta vez me informé y escogí un Seiko 5 Sports automático, de precio no muy exagerado y diseñado para uso rudo.

El modelo que compré tiene algo peculiar: un bisel con una regla de cálculo. Sabía que ese tipo de relojes son para aviadores, pero suponía que era una especie de reliquia, algo que ya nadie usa, pero que se conserva por tradición, nostalgia o porque se ve cool (sí, admito que lo compré por eso). Me equivoqué. Investigando un poco me enteré de que en las escuelas de aviación todavía se enseña cómo usar las reglas de cálculo de los relojes y, por lo que leí en algunos foros, muchos pilotos adoran estas cosas. Les sirven para calcular velocidad, distancias y tiempos, además del consumo de combustible, y les permite convertir millas náuticas a millas terrestres, y volumen de combustible a peso.

Breitling Navitimer Blue

Breitling Navitimer Blue

Las reglas de cálculo son arcaicas pero muy efectivas. No sólo son útiles para pilotos: con ellas puedes hacer operaciones simples de multiplicación y división, sacar raíces cuadradas y hacer conversión de unidades (pies a kilómetros, galones a litros, libras a kilogramos, etc.), entre otras cosas. Al parecer también son populares entre alpinistas, corredores de carreras y levantadores de pesas.

Empecé a jugar un poco con la regla de cálculo y me estoy divirtiendo. Soy malo para los números y, a pesar de la simplicidad de esta cosa, me está tomando algo de tiempo entender todo lo que puedo hacer con ella; pero debo decir que tiene su encanto utilizar un instrumento viejo, manual y que requiere de cierta habilidad. Claro que siempre puedo tomar mi teléfono y hacer una simple búsqueda de voz de Google si necesito hacer alguna operación, pero recurrir a eso ahora sólo hace que me sienta perezoso y atrofiado.

Que este tipo de cosas todavía existan y se utilicen me hace feliz. Sólo quería decir eso.

Born depressed — Desconfiando de la felicidad

Por algún motivo últimamente me siento más bombardeado de lo usual por la propaganda de filosofías “positivas”, que lo instan a uno a “buscar la felicidad”, “deshacerse de los pensamientos negativos” y otras tarugadas por el estilo. Encuentro a seguidores de esas cosas muy seguido, sobre todo en los medios educativos. Hasta Tec Milenio abrió un Instituto de Ciencias de la Felicidad, si pueden creerlo.

Yo no creo en la felicidad. Por supuesto que existen los momentos felices, pero la felicidad como una especie de estado existencial me parece una ilusión muy estúpida.

Algo obvio es que “ser feliz” es completamente subjetivo. Hay decenas de estudios cognitivos que demuestran que la idea de felicidad depende mucho de la memoria y de las impresiones presentes, que son cambiantes. Por ejemplo, si a alguien le preguntan si es feliz, nos responderá sí, no, más o menos, no lo sé. Pero si antes de hacerle esa pregunta le piden hablar sobre su matrimonio, la respuesta a si es feliz va a ser distinta de como sería si no se hubiera tocado ese tema. Igualmente, si acaba de comer su platillo favorito y planea una tarde divertida, probablemente sus impresiones van a ser favorables; pero si esa mañana se descompuso su coche o tuvo una pelea con su jefe, sus respuestas van a ser menos bonitas.

En segundo lugar, voy a citar a Bernard Shaw: “There are two tragedies in life. One is to lose your heart’s desire. The other is to gain it.” Creemos que seremos felices si obtenemos un empleo bien remunerado, nos casamos, nos sacamos la lotería, etc. Y, en efecto, al momento de conseguir esas cosas nos sentimos felices. Pero con ellas vienen cambios en nuestros estilos de vida, muchos de los cuales son impredecibles, y debemos adaptarnos a ellos. Cuenta la leyenda que el sabio Solón le advirtió al rey Creso de Lidia —quien le había preguntado si él no debía ser considerado el hombre más feliz del mundo— que “La observación de las numerosas desgracias que afectan a todas las condiciones nos impide ser insolentes sobre nuestros actuales disfrutes, o admirar la felicidad de un hombre que todavía puede, con el tiempo, padecer cambios. Pues el futuro incierto todavía está por venir, con todo tipo de futuros; y sólo aquel al que la divinidad ha garantizado una felicidad continuada hasta el final puede ser llamado feliz”. Es decir, si te consideras feliz, eres un ingenuo, porque no sabes cuándo la vida podrá darte un revés.

En tercer lugar, está la objeción psicoanalítica, que también tienen que ver con lo que dijo Shaw. No sabemos lo que realmente necesitamos. Creemos saberlo, pero cuando lo obtenemos, entonces nos damos cuenta hasta qué punto ese objeto de deseo representó una realidad y hasta qué punto fue sólo una fantasía. Como el hombre que quiere divorciarse de su esposa para casarse con la amante, pero cuando finalmente se arma de valor y lo hace, descubre que no está tan contento como esperaba.

En cuarto lugar, está el otro argumento psicoanalítico, que dice que el autoconocimiento sólo puede ser obtenido a través de la psicopatología. Solamente enfrentándonos a nuestros miedos, deseos ocultos, represiones, neurosis y/o psicosis, podemos expandir nuestras consciencias y volvernos más sabios. ¿Se han preguntado por qué las grandes obras de la literatura universal suelen mostrar un sentido trágico de la vida? Porque, nos guste o no, la tragedia está en nuestra naturaleza, y el sufrimiento es parte de nuestro proceso de crecimiento anímico y espiritual.

En quinto lugar, la “psicología positiva”, filosofías new age y otras tendencias de este tipo tienen un significado social programático, que, en pocas palabras, consiste en evadir la realidad. Cobran más fuerza cuando más terribles están las cosas en el mundo. El que en estos momentos estén proliferando como mosquitos no es una buena señal.

Es un cliché medio tonto decir que la gente más deprimida suele ser la más inteligente. Eso no es verdad, pero sí está comprobado que las personas más cínicas, desilusionadas con la vida y que tienden a una visión sombría del mundo, son las que están más conscientes de sus propias limitaciones y las que suelen ver las cosas de manera más realista. También son las menos susceptibles a ser engañadas: cuando nos sentimos felices, bajamos mucho la guardia y tendemos a ser complacientes, como lo sabe cualquier niño que sólo le pide permisos o dinero a sus padres cuando están de buen humor.

El objetivo en nuestras vidas no es ser felices, sino encontrarles sentido. Y, como podrían confirmárnoslo muchos mártires, místicos, revolucionarios, pensadores y científicos que tuvieron que luchar toda su vida contra corriente, el significado que le damos a nuestras vidas no siempre está guiado por una idea de “felicidad”.

Boo… Slenderman

Nunca le puse mucha atención a Slenderman, a pesar de que llevo años topándome con él en la red. Hace mucho tiempo, cuando me enteré de que existía, lo investigué y me pareció un mito cool, pero nada demasiado aterrador, especialmente sabiendo de sus orígenes en los foros de Something Awful. Me sorprendió un poco ver que, en los últimos dos años o algo así, se haya convertido en un fenómeno tan grande. Pero como quiera creo que hasta cierto punto puedo entender por qué asusta y fascina tanto a la gente:

  1. Es familiar pero a la vez extraño. Tiene forma humanoide, pero desproporcionada, es muy alto y delgado, con extremidades demasiado largas. Usa saco y corbata, pero tiene tentáculos saliéndole de la espalda. Su traje es una especie de disfraz: como si intentara verse como una persona común, formal, educada y ordenada, pero los tentáculos lo delatan como un ser primitivo y caótico. En términos psicológicos, la forma humana y el traje podrían representar el self que nosotros creamos conscientemente, la máscara que nos mostramos a nosotros mismos y a los demás. Los tentáculos surgen de la espalda, una parte de nuestro cuerpo que no podemos ver; es decir, representan lo inconsciente en su aspecto más oscuro. Son los miedos, deseos e impulsos que no conocemos del todo bien y, por lo mismo, no sabemos controlar.
  2. No tiene rostro. Eso hace sencillo que proyectemos cualquier cosa terrible sobre él. Por otro lado, como su identidad es borrosa, eso también puede instar a que nosotros dudemos de la nuestra.
  3. Secuestra niños. Como el Flautista de Hamelin, atrae a los niños y los desaparece. Erikson dijo que la tragedia humana consiste en que todos permanecemos parcialmente infantiles a lo largo de nuestras vidas. Nuestros problemas afectivos y temores más profundos tienen su origen en experiencias de la infancia. Slenderman es una representación del enfrentamiento con esos conflictos y la posibilidad de perderse en ellos.
  4. Es un ser interdimensional. Eso es lo que hizo geniales a los monstruos de Lovecraft. En tiempos donde la razón se había deshecho de fantasmas y criaturas sobrenaturales que supuestamente habitaban este mundo, Lovecraft llega con historias de seres mucho más horrorosos que provienen de otras realidades y amenazan principalmente a la razón; tan sólo verlos ocasiona locura. Si bien esa idea de la razón como guía suprema de vida ya está más o menos superada, el miedo a la propia mente y la propia irracionalidad siempre ha existido. Lo que hizo Lovecraft fue empujarlo a un plano principal, y es algo que todavía es muy relevante para el espíritu de nuestros tiempos.

Dicho eso, no sé por qué Slenderman se volvió tan popular. No es la historia más aterradora que hay en internet: basta darle un vistazo a los archivos de SCP para darse cuenta de eso. Supongo que simplemente hizo click con las personas apropiadas en el momento apropiado, y ellos lo esparcieron por toda la red como polvorín. Es el Chupacabras de esta época. Uno no puede predecir o comprender al 100% ese tipo de cosas.

A estas alturas, parece que la popularidad de Slenderman va en declive, pero es lo que sucede con todas las modas. Como fan hardcore del terror, creo que soy inmune a ese tipo de historias, pero pienso que de cualquier forma hay que agradecerle a Slenderman al menos por un par de cosas: 1) le dio mucha vida a todo tipo de relatos folclóricos de terror en internet; y 2) los videojuegos de Slender le recordaron a los diseñadores que el terror más simple y básico (como tener que evadir a un perseguidor que no puede ser destruido) es el que más miedo da.

Muerte en la avenida

La otra noche me tocó ver un hombre atropellado. Estaba tirado boca abajo en la avenida, inmóvil, probablemente muerto. Había varias personas alrededor de él y más adelante estaban dos autos detenidos. Apenas acababa de llegar una patrulla. Eso ocurrió en un punto problemático de Monterrey: la avenida Lázaro Cárdenas, a la altura de Río Nazas. Ahí ocurren muertes por atropellamiento todos los años. Hay un puente peatonal y una cerca, pero la mayoría de la gente no usa el puente y la cerca no sirve de nada, ya que solo cubre unos 20 metros, y como quiera ya le han derribado una parte. De hecho, un par de días después vi a un tipo cruzando la avenida justo debajo de ese puente y, un poco más adelante, a una mujer con dos niños haciendo lo mismo.

El problema con ese lugar es que está en terreno inclinado, así que los conductores no pueden ver si hay gente cruzando la avenida hasta que ya es un poco tarde. Y los peatones tampoco se dan cuenta de que: 1) de noche ellos no son más que sombras muy difíciles de ver y 2) por mejor que planeen su cruce, el más mínimo cambio en la dirección y la velocidad de un auto puede matarlos. Como conductor, siempre me aterro un poco cuando veo gente cruzar la calle enfrente de mí; quiero decir, yendo a más de 30 km/h en un auto de 1.2 toneladas, si muevo un poco el volante o si piso un poco más el acelerador puedo matarlos, paralizarlos o, como mínimo, romperles varios huesos. ¿En serio no se dan cuenta? ¿Por qué confían en que los conductores no van a hacer eso? Sin duda la mayoría va a bajar su velocidad, pero eso no puede esperarse el 100% de las veces. Siempre habrá conductores distraídos, no muy hábiles, adormilados, borrachos, que textean o hablan por el celular, etc.; y si lo unimos a peatones que calculan mal, se resbalan o tropiezan, están borrachos, etc., obtenemos tragedias muy feas. (Incluso me he topado varias veces con gente que cruza avenidas caminando tranquilamente, esperando que los coches bajen su velocidad al verlos. Cómo cabe tanta imbecilidad en alguien, no lo puedo comprender.)

La cosa es ésta: durante esos pocos segundos que te toma cruzar la avenida corriendo, tus probabilidades de morir aumentan exponencialmente. La gente que lo hace no toma en cuenta las muchas variables que pueden mandarlos al demonio: un movimiento inesperado por parte de algún conductor, un tropiezo, un segundo mal calculado. No piensan en eso porque nunca les ha pasado nada. La estabilidad da un falso sentido de comfort. Luego ocurren los desastres, pero aun así muchos no aprenden la lección: creen que eso sólo pasa por mala suerte. Pero la suerte tiene poco que ver con eso: cruzar una sola vez ya es demasiado arriesgado; cruzar varias veces sólo aumenta las posibilidades de accidentarse. Es como un deseo de muerte.

Es por esos mismos motivos que yo no me he comprado una motocicleta ni he practicado el rápel. La verdad es que esas dos cosas siempre me han llamado mucho la atención, pero ya decidí que mejor no voy a tentar al destino. Me gusta mantenerme sano y respirando; esas cosas son buenas. Si voy a jugar con probabilidades asimétricas, es mejor que estén de mi parte. Como sea, todos los días paso en coche por esa avenida al menos una vez. Otra cosa que la gente no suele considerar es que, al arriesgarse a ser atropellados, no solo pueden arruinar sus vidas, sino también las de quienes pueden atropellarlos. Atropellar a alguien, aunque no sea tu culpa, es un infierno. El sistema de justicia mexicano nunca va a estar de tu parte, e incluso si logras salir bien librado de eso, todavía tienes que lidiar con posibles traumas psicológicos. Creo que empezaré a considerar rutas alternativas más seguras.

Barajando máscaras

Nassim Taleb dijo que la procrastinación podría ser una especie de alarma natural en nuestras mentes que nos dice que deberíamos dejar de hacer lo que estamos haciendo. Procrastinamos porque no le encontramos sentido a lo que hacemos. Y eso es lo que me ha estado pasando últimamente, tanto con mi trabajo como con las tareas y ensayos de la maestría.

Hace 7 años, cuando terminaba la licenciatura y hacía mi proyecto de investigación, me divertía mucho. Todo lo que aprendí después de años y años de estudiar psicoanálisis (por mi cuenta) lo vacié en mi tesis, tanto así que creo que gasté todas mis reservas de energía académica en eso. Claro, sabía bien que nadie se iba a interesar en un análisis junguiano de obras de literatura infantil y juvenil que tenía el propósito de determinar si existe un valor terapéutico en ellas y cómo podría ser utilizado para fines pedagógicos, pero como quiera fue algo muy satisfactorio a nivel personal.

Ahora, en la maestría, todo se me hace pesadísimo. Ensayos que antes podía terminar en 1 o 2 noches, ahora me toman 2 semanas o más. No estoy demasiado emocionado con mi tesis tampoco, si bien escogí un tema que me interesa bastante: la educación financiera personal. Varias personas ya me han preguntado por qué quiero terminar mis estudios humanísticos con un tema tan mundano como el dinero, pero, honestamente, a los 30 años uno empieza a ponerle más atención a las cosas prácticas.

En cualquier caso, no sé muy bien qué voy a hacer una vez que termine este posgrado. Me desilusiona mucho el mundo académico y no me parece estimulante. Todo es publicar, publicar, acercarte a los círculos VIP, participar en conferencias, paneles y mesas redondas, darte a conocer en todos lados y venderte como una persona excesivamente productiva hasta que ¡bam!, obtienes tu plaza de profesor numerario investigador afiliado al Conacyt y etc., con un sueldo cómodo y las prestaciones más chidas.

Pero todo es un montón de mierda. Es un ritmo demasiado acelerado, muy enfocado en la vanidad intelectual y en llenar el mundo de ruido. En serio, muy pocas personas pueden pasársela publicando constantemente cosas que de verdad valen la pena. La mayoría de los “investigadores” solo hacen que sea más difícil encontrar información valiosa entre océanos de basura académica.

Cuando decidí estudiar una carrera académica, lo único que quería hacer era dar clases. Pero el mundo ahora es más complicado que eso. Yo pertenezco a una especie que no tiene mucha cabida en las universidades de hoy. Me gusta tomarme mi tiempo con las cosas y, si voy a publicar algo, quiero estar realmente orgulloso de ello y seguro de que le vaya a servir a alguien. Me gusta la paz y la tranquilidad, no la aceleración y el TDAH. Creo que me atrae mucho más el estilo de vida de los viejos eruditos romanos o el de los estudiosos medievales y renacentistas que el de los académicos modernos. Y mi temperamento confrontativo tampoco me ayuda mucho.

Así que, sí, estoy jodido. Y como quiera, ¿qué seguridad laboral puede dar un empleo en una universidad hoy día? Todo empleado es prescindible, los maestros siempre son reemplazables. No se diga los investigadores.

En fin. Hay cierta gente a la que tengo mucha envidia. Conozco personas que, desde que entraron a la universidad (o antes) ya tenían un plan de vida simple y bien definido: terminar los estudios, cursar posgrados, obtener un empleo en X área, autoemplearse o iniciar un negocio, casarse, tener hijos, irse a vivir a X lugar. Lo siguen paso por paso y parece funcionarles. Se ven satisfechos, al menos. Yo nunca he entendido eso. Para mí, todo siempre ha sido pura incertidumbre. Nunca he tenido muy definido lo que quiero y muchas de las decisiones más importantes que he tomado han sido saltos de fe más que pasos calculados. Y los resultados naturalmente han sido muy inconsistentes.

Supongo que tendré que definir un plan sólido pronto, aunque sea a mediano plazo. Desearía tener más espacio y libertad del que tengo ahora para moverme, pero uno no escoge las cartas que le tocan y también debe lidiar con los movimientos estúpidos que ha hecho. A ver qué se me ocurre.

Por qué creo en los hombres lobo

Hace algunos días me metí en una discusión bastante estúpida, necia y cíclica acerca de religión. Por supuesto, así es la naturaleza de esas discusiones, y se vuelven todavía más ridículas cuando se dan por Facebook, por razones obvias. Esa discusión fue acerca de un agarre entre Deepak Chopra y Richard Dawkins, que no era más que un show morboso entre un gurú new age bastante confundido y un científico materialista que se ha dedicado las últimas 2 décadas a criticar agresivamente a la religión, como si fuera una especie de enfermedad a erradicar. Yo los llamé a ambos charlatanes, porque literalizan mucho a la religión. El caso es que nadie entendió lo que quise decir, y yo tampoco supe comunicarme bien, porque, bueno, era una discusión por Facebook, un espacio muy reducido para explicar todo lo que quería explicar.

Entonces, quiero sacar eso de mi sistema. Ya hace algunos años hablé en otro post sobre mi idea de religiosidad, pero quisiera expandirla y aclararla un poco más.

Dioses, daimones y hombres lobo

Hace unos meses, en otra discusión sobre religión, dije que era una necedad creer que la realidad puede ser entendida solo a través de la razón, y que, de cualquier forma, un pensamiento puramente racional con respecto a la religión conduce al agnosticismo más que al ateísmo. A eso alguien me contestó preguntándome si yo soy agnóstico con respecto a los hombres lobo. Yo le respondí que creo en los hombres lobo como un símbolo y un mito, una imagen viva que tiene resonancia emocional en la psique. Le aclaré que también así veo a los dioses, como imágenes que son experimentadas, y que no literalizo el significado de dios ni pretendo entender lo que realmente es, porque, repito, la realidad es más que mera racionalidad.

Ya no me respondió después de eso, supongo que porque metí la discusión en un terreno nada familiar para él. También por eso en aquella discusión por Facebook mucha gente parecía confundirse porque les daba la razón al criticar a la religión por su lado fundamentalista, fanático y político, pero a la vez trataba de decirles que la religión es mucho más que eso.

Yo soy partidario de psicologizar las ideas, de cualquier tipo: religiosas, filosóficas, científicas, ideológicas, etc. Eso significa tratar de ver la subjetividad inherente a ellas, no perder de vista las premisas psicológicas que las gobiernan, porque de otra forma nos volvemos ingenuos y susceptibles a ser dominados por ellas.

Voy a ponerme junguiano aquí. No voy a aburrirlos explicándoles toda la teoría sobre arquetipos e inconsciente colectivo, pero solo diré que estoy muy convencido de que hay premisas dentro de nuestra mente que son más poderosas que el yo, que existen antes de que el yo se forme y que, de hecho, la identidad del yo, su pensar, sentir y actuar depende de la manera en que se relaciona con ellas. A estas premisas o arquetipos no corresponde la categoría de razón, que es una función yoica. Y muchas veces se nos manifiestan personificados como dioses o daimones, y los llegamos a sentir como tales.

Entonces, ¿la religión y los dioses son solo fantasías mentales? No necesariamente; lo único que sabemos con seguridad es que la revelación religiosa se experimenta como fenómeno psíquico, el cual no podemos comprender en lo más profundo, porque esa es la naturaleza de lo inconsciente.

Psicologizar la religión… y todo lo demás

Psicologizar la religión no significa reducirla a pura psicología (una forma de racionalización), sino aceptar la subjetividad en ella. Para mí, el valor de lo religioso (en su sentido etimológico de relegere o religare) está en la contemplación de imágenes y mitos, en los ritos y la vivencia mística, en los mensajes que transmiten desde lo más profundo. Los mitos no solo son fantasías que creamos para darle una explicación al universo: son esquemas ordenadores de nuestro mundo interior, guías del alma, es decir, metáforas vivas que representan lo fundamental, estable, sólido y sustentador en la psique (psyché, “alma”).

Quienes critican a la religión por tener un lado destructivo (fundamentalismo, fanatismo, psicopatía) no se dan cuenta que eso se debe a que las ideas religiosas se literalizan demasiado, a que se pierden las perspectivas psicológicas pertinentes. Más aún, no se dan cuenta que eso es exactamente lo que ocurre, por ejemplo, con las ideologías políticas, y también dentro de las teorías científicas y filosóficas más dogmatizadas. Eso se debe a que toda idea parte de esta base psíquica que podemos reconocer como “dioses” o “demonios”.

Esa crítica tan intensa y agresiva a la religión se centra sobre todo en las religiones monoteístas, parte de lo occidental, de lo propio. ¿Por qué? Porque ya no le encuentran sentido a los viejos mitos, porque no los sienten apropiados para la condición actual de ellos como individuos. Ya sea que no aguanten a los clérigos y terminen culpando a un dios por lo que hace su personal de a pie, porque el dios abrahámico que les pintaron en la escuela no responde a sus necesidades particulares de fe, o porque no pueden entender a un Dios tan contradictorio, que permite tantas calamidades en el mundo. Sin embargo, sin un esquema mítico no podemos sostenernos, por lo que mucha gente elige otro en las diversas formas del racionalismo o del materialismo. Y no se dan cuenta de que son los mismos dioses que operan en lo recóndito de su subjetividad, bajo nuevos disfraces.

Yo mismo no soy cristiano, ni siquiera monoteísta en un sentido literal, pero sé respetar a las imágenes del cristianismo, de un sistema mítico que, nos guste o no, es parte de nuestra identidad como occidentales, que nos ha dado ritos bellos, que inspiró las Confesiones y Meditaciones de Agustín de Hipona, los muy hermosos ejercicios espirituales de Ignacio de Loyola, la poesía de San Juan de la Cruz, las filosofías del Maestro Eckhart, Giordano Bruno, John Donne, Teresa de Jesús y muchos otros místicos, el arte catedralicio, y un sinfín de otros mitos que han ayudado a mucha gente a sostenerse espiritualmente, a encontrarle un sentido al mundo y a sus propias vidas. Esas tradiciones son montañas de conocimiento y sabiduría colectiva y espiritual que se han forjado a través de los siglos; por eso me altera un poco ver que haya gente que quiera reducirlos a mera superchería destructiva y sin el menor valor.

Este es un tema complejo y lo estoy resumiendo demasiado aquí. Como quiera, espero haberme dado mejor a entender un poco mejor con esto. Y supongo que la próxima vez que vea un debate religioso como sacado del Siglo de las Luces, mejor pasaré.

Los bosques de octubre

Me gusta el otoño. No el otoño de mi ciudad, que es inconstante e incómodo, sino la idea del otoño, su espíritu. Cuando pienso en esta estación, pienso en bosques. Hojas cayendo, una paleta de colores rojos oscuros, marrones y ámbar, cielos nublados, un clima moderadamente frío. Hasta el brillo del sol es muy particular, se siente distinto. Un árbol verde bajo un cielo azul y con aves cantando en sus ramas es una representación de la vida en su punto más enérgico y activo; en cambio, un árbol con hojas rojizas y amarillentas que se caen, formando una alfombra en el suelo, es una imagen más delicada y tierna, de una belleza contemplativa, que evoca sentimientos que quizás todos conozcamos, pero no por ello son sencillos de describir.

Nuestro carácter y temperamento hacen que sintamos de manera diferente lo que proyectamos naturalmente en cada estación del año. Conozco gente a la que le encanta el verano, que lo disfruta de forma intensa y, de hecho, su carácter extravertido, alegre y dinámico es mucho más notable durante esa estación. Por otro lado, el otoño y el invierno los entristecen, no les agrada el frío y —me lo han dicho— lo único que les gusta de estas temporadas son los días festivos: Halloween, Navidad y Año Nuevo.

Yo prefiero el otoño. Debo admitir que el espíritu feliz del verano a veces me contagia, pero, la mayor parte del tiempo, el sol y el calor me hacen sentir cansado y malhumorado. En verano me siento fuera de mi elemento. En contraste, el frío y los días más cortos del otoño me alegran. Pero no es una alegría vibrante y llena de energía, sino una sensación agridulce y extraña. Creo que es común en los tipos introvertidos y melancólicos. Como si el ambiente nos ayudara a ponernos en mayor sintonía con esas partes nuestras que mejor nos definen.

Tal vez la palabra que más fácilmente podemos asociar al otoño es “despedida”. Es el adiós antes de la muerte representada por el solsticio de invierno. Por supuesto, no se trata de una muerte final, sino del término de un ciclo, pero no por ello es menos triste, ya que toda transición implica abandono, el cual a veces deja cicatrices, y heridas abiertas en los peores casos.

El sol de verano es un símbolo de la consciencia, del yo actuante y ordenador, centrado en el mundo concreto. En otoño, este sol frecuentemente es cubierto por nubes y no brilla tanto tiempo como en verano, ya que los días son más cortos. La oscuridad, símbolo por excelencia del inframundo y lo inconsciente, empieza a ocupar mayor terreno. El otoño es un tiempo de confrontación, pero no necesariamente violenta; es más bien gradual, digestiva, que invita a la reflexión serena.

Quizás por eso muchas de las personas más extravertidas se sienten incómodas en otoño; por naturaleza, les es más complicado ponerse en contacto con su interior. Y por cierto que, cuando digo “interior”, no me refiero a un espacio literalizado dentro de nuestros mentes: “interior” es solo una metáfora para la subjetividad en las cosas, en las personas, en el entorno. Es parte de ellas, de nuestra realidad. Los tipos melancólicos solemos tener un oído más afinado para los mensajes que surgen desde nuestra subjetividad. Hay una razón para eso: la depresión y la psicopatología son las maneras más comunes en las que las realidades del alma se vuelven más presentes e intensas. Curiosamente, el conflicto interno es lo que mejor nos ayuda a volvernos más conscientes de quienes somos. Creámoslo o no, las neurosis cumplen con esa función doble de maldición y bendición: de una manera u otra, son centrales en nuestro crecimiento anímico y espiritual.

Hay un mito que refleja muy bien lo que quiero decir: la historia de Hades y Perséfone. Hades rapta a la inocente Perséfone y la fuerza a enfrentarse al inframundo; para una niña feliz, acostumbrada a pasear por campos de narcisos, eso equivale a una violación. Su madre, Deméter, cae en una depresión enorme que marchita los campos: así inician el otoño y el invierno. Ella va a Eleusis e intenta inmortalizar hombres, en vano. Es su forma de lidiar con la muerte y la pérdida. Sin embargo, con el tiempo, Perséfone aprende a amar a Hades, se convierte en auténtica Reina del Inframundo, y finalmente vuelve al Olimpo, pero solo por 6 meses del año. Cuando su hija regresa, Deméter va a recibirla y vuelve a darle vida a la tierra, pero no sin antes dejarle a los hombres la sabiduría que obtuvo durante esos tiempos terribles. Así se formaron los misterios de Eleusis, que giran en torno a la realidad de la muerte.

Otoño, entonces, es un tiempo de preparación para la muerte. El tema de perderse en un bosque representa el adentramiento en partes de nosotros mismos que nos son desconocidas. Y, personalmente, nunca lo encuentro tan bello y sereno como cuando ocurre en un bosque otoñal y rojizo, ligeramente frío y neblinoso, donde llueven hojas secas, y es iluminado por un sol tenue y anaranjado.

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