La mayoría de nosotros acepta la Navidad como algo simplemente concedido. Conocemos el trasfondo cristiano y eso nos basta. Recuerdo que cuando tenía como 11 o 12 años me hice la pregunta de por qué damos y recibimos regalos en Navidad, lo cual condujo a por qué demonios adornamos un pino. Pero inmediatamente me encogí de hombros y descarté todos los cuestionamientos: qué importa mientras me den regalos y me la pase bien. Más tarde, al ver cómo la gente en el hemisferio sur celebra la Navidad en pleno verano, la idea se me hizo extraña: Navidad y calor parecen ser incompatibles por algún motivo. Pero de nuevo no le di mucha importancia al asunto.
Luego, ya metido en el psicoanálisis y en el estudio de los mitos, la cuestión fue inevitable. Así que les compartiré lo que sé sobre la Navidad y sus símbolos principales.
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¿Por qué Navidad e invierno están tan estrechamente unidos?
Sí, Navidad y calor no parecen computar, y eso es natural. Vayámonos un poco atrás de la tradición cristiana y encontraremos innumerables fiestas y ritos alrededor del solsticio de invierno, fecha propia de la Navidad: Yule, Saturnalia, Maidyarem, Mōdraniht, Hanukkah, etc. El solsticio de invierno es la noche más larga del año. Simbólicamente es una especie de nigredo o descenso a los infiernos, una etapa sufrida donde se teme que uno pueda perderse y no volver a ver la luz del sol. El frío es intenso, no habrá cosechas hasta la primavera, la supervivencia se ve amenazada. ¿Y si el sol no vuelve a salir nunca? Las celebraciones paganas siempre involucran a la luz y al sol: se hacían sacrificios a las deidades solares para que renacieran, algunos también la veían como una etapa de introspección donde uno debía salir victorioso y más sabio para poder iniciar apropiadamente un nuevo ciclo.
Esto no tiene mucho sentido si se está en pleno verano, ¿verdad?
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Entonces, ¿Jesucristo nació en Navidad?
No. Cuando llegó el cristianismo, los monjes se dieron cuenta de que iba a ser casi imposible borrar de golpe antiguas tradiciones paganas que databan de hasta milenios atrás. Optaron entonces por el sincretismo. Tenía sentido fusionar el nacimiento de Jesús con las fiestas del solsticio invernal: Cristo es, después de todo, el Rey Sol, el mesías que resucitó (en primavera, por cierto). Su nacimiento brinda esperanza en medio de la noche más oscura y fría del año. No fue difícil: se creó la liturgia y pronto se asimiló a las viejas fiestas. Así empezó también la tradición del nacimiento de Belén que adorna las casas en estos días.
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¿Qué hay del Árbol de Navidad?
Éste es un poco más difícil de trazar. Sus orígenes no están demasiado claros, pero son obviamente paganos: ¿qué hacen árboles siempreverdes (pinos y abetos, principalmente) en la fiesta del nacimiento de un dios palestino y desértico? Por lo pronto, sabemos que esta costumbre surgió en el norte y este de Europa, popularizándose en los siglos XV y XVI. El cristianismo siempre ha desconfiado de este símbolo y por eso ha puesto mucho énfasis en el nacimiento: no condena al árbol, pero tampoco lo acepta como parte de la celebración religiosa. (Pero luego, en ciertos lugares, como Bolonia, se adornaba (¿adorna?) el belén con musgo, cerraja, ciprés, brusco y enebro, todas ellas plantas importantes en la magia de los antiguos.) Como sea, el simbolismo del árbol perennifolio es claro: es el árbol cosmogónico y antropogónico, que se identifica con el sol. Es un axis mundi, sostén del universo, preside el fuego y engendra héroes. El que se adorne con objetos brillantes y más recientemente con luces sólo lo confirma. Es el árbol que resiste las peores condiciones, todo un sobreviviente, un símbolo de vida y de la mayor de las esperanzas. Tan apropiado como el belén para esta época.
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¿Por qué damos regalos en Navidad?
Ésta es vieja. En varias culturas antiguas se intercambiaban regalos durante los años nuevos. En Roma esto era muy común. Más cerca del solsticio estaba el Yule noreuropeo, donde se daban y recibían regalos como pan y alcohol. Todos ellos tienen relación con la fertilidad y el deseo de renacimiento. Yéndonos a un plano más profundo, y considerando el simbolismo del solsticio invernal como viaje nocturno que implica enfrentamiento con todo tipo de demonios interiores, los regalos también pueden representar la sabiduría obtenida al final del recorrido. No por nada se abren al amanecer. Más interesante aún: se colocan bajo el árbol navideño; es decir, en la base misma del eje que sostiene la creación. Son como un vistazo a nuestro propio centro, expresan el deseo por conocer quiénes realmente somos.
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¿Y Santa Claus?
La figura del gordo bonachón tuvo su modelo en el flaco San Nicolás de Bari, a quien le gustaba dar regalos a los necesitados. ¿Por qué diablos pusieron su hogar en el Polo Norte, lugar tradicionalmente identificado con el infierno? Supongo que para sacudirse los escalofríos. Durante esta época, a nadie le gusta recordar la imagen del demonio: nada como suplantarla por la de un gordito amable y risueño que te regala cosas bonitas.
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No olvidemos a los grinches.
Un grinch o troll es quien no disfruta de la Navidad y, peor aún, intenta arruinársela a los demás. Algunos lo llegan a justificar neuróticamente diciendo que la Navidad es una glorificación del consumismo y la hipocresía. Y en alguna medida pueden tener razón, pero tampoco ven la rica tradición que hay detrás de ella, y lo importante del ritual para la unidad familiar y de las amistades. Vamos, es una fiesta de esperanza, de lo que da sentido a la vida. Relájense y disfrútenla.
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¡Feliz Navidad a todos! ¡Que todas sus bolas de nieve den en el blanco!