Me enteré un poco tarde de que James Hillman murió el pasado 27 de octubre, a los 85 años de edad. Me entristece saberlo, la verdad. Yo empecé a leer su obra hace unos 4 años, cuando estaba haciendo mi tesis. Ya había leído algunas cosas sobre él desde mucho antes, pero no fue hasta entonces que me metí de lleno en sus ideas, en un momento que no pudo ser mejor para mí. Cuando terminé de leer Healing Fiction, sentí como si me hubieran abofeteado desde adentro. Era exactamente lo que necesitaba para aterrizar todas las ideas que tenía acerca de la relación entre literatura y psicoanálisis, y me ayudó mucho a cimentar y justificar mi aproximación a la crítica literaria desde la psicología profunda. Pero no sólo eso: más que nada me ayudó a entender por qué escogí estudiar Letras y el auténtico papel que juega la escritura y la lectura en mi propia vida.
Hay muchísimo que decir sobre la obra de Hillman, pero voy a tratar de resumir algunas de sus ideas más importantes lo mejor que pueda. Él es el más original de los psicólogos posjunguianos. Estudió en el Instituto Jung de Zürich y, aunque sus ideas parten de las teorías de Jung acerca de los arquetipos y lo inconsciente colectivo*, él fue más allá al rehusarse a tipificar los arquetipos y darles nombres y categorías fijos. Por motivos prácticos, llamarles (como Jung) sombra, ánima, ánimus, Sí-mismo, etcétera, resulta cómodo. Pero a Hillman ese enfoque le pareció un tanto coercitivo; él afirmaba que los arquetipos son imágenes con vida propia y manifestaciones únicas, por lo que encasillarlas puede conducir a muchos errores. Él siempre enfatizó la diversidad frente a lo unívoco y cerrado, trató de ver a los arquetipos libre de prejuicios y de intelectualizaciones, por lo que son realmente: figuras espontáneas y vivas que moldean nuestras vidas psicológicas, a la vez que son moldeados por las mismas.
Él llamó a su escuela “arquetipal”. Se atrevió, por cierto, a retar al psicoanálisis mismo, llamándolo un mito. Él decía que el psicoanálisis se origina en la mente humana, es creación imaginativa principalmente, que sólo después es comprobada a través de la práctica empírica. E incluso entonces, la práctica no deja de estar impregnada por la naturaleza ficticia de la teoría. Para él, la teoría equivale a la trama de una historia. El psicoanálisis crea a sus propios “personajes” -neurosis, self, represión, psicosis, objeto, etc.- que le ayudan a entender las “tramas” o los porqués de las historias de cada persona. Son fabulaciones que se superponen a las historias escritas por cada uno de nosotros; en otras palabras, ficciones que actúan sobre ficciones. Entonces, si la psicoterapia se compone principalmente de mitos o ficciones que parecen funcionar en la práctica clínica, se entiende que lo que el alma humana buscaría para sobrepasar sus propios conflictos sería una especie de “ficción curativa”. Para saber vivir, necesitamos encontrar la historia correcta; debemos descubrirla, crearla e interpretarla.
Así mandó al demonio la fachada científica del psicoanálisis y puso al descubierto sus bases poéticas. Alguno lo llaman “posmoderno”, pero no hay nada más falso: su visión nunca se perdió entre ambigüedades y significantes sin significado. Su objetivo siempre fue llegar a tierra firme: sólo sucede que ésta varía para cada uno de nosotros.
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En 1999, cuando Hillman llegaba a los 73 años, publicó The Force of Character and the Lasting Life, un libro hermosísimo acerca de la vejez. Por supuesto, no se trata de simples reflexiones sobre el final de la vida, sino de la vida misma. Habla sobre despedidas, repetición, memoria, levantarse por las noches, irritabilidad, erotismo, retorno, amor y fallas cardíacas: todo lo que caracteriza al anciano es simplemente una suma de experiencias que urgen ser interpretadas, que buscan desvelar un sentido. Si bien Jung, al hablar de la muerte, lo hacía con un misticismo muy propio y siempre veía hacia lo que habría más allá, Hillman dice: lo importante es lo tangible, lo que tenemos aquí y ahora, lo que hemos hecho con nuestras vidas y lo que podemos hacer con lo que nos queda de ellas. El carácter, para él, es la imaginación que crea vida, aquello que nos proporciona valor, vitalidad y sentido desde lo más profundo, que nos fuerza a diferenciar y enfrentar cada evento y situación de nuestras vidas en nuestro muy particular estilo.
Si repasamos un poco la historia de las ideas, vamos a notar que al dar pequeños vistazos a las biografías de los grandes pensadores, encontraremos que muchos de ellos, si bien nos dan claves importantes para aprender a vivir, en lo personal nunca supieron vivir plenamente: esa situación es muy común sobre todo en la historia del psicoanálisis. Sigmund Freud, Carl Jung, Anna Freud, Melanie Klein, Erich Fromm, Karen Horney, Jacques Lacan fueron mentes geniales cuyas aportaciones han ayudado a muchísima gente; sin embargo, en sus vidas personales ninguno de ellos fue precisamente un modelo ejemplar. Irvin Yalom dijo que esto se debe a que la mayor parte de sus energías creativas la enfocaron en sus trabajos y no en su vidas: es una forma de evasión. Ése no fue el caso de James Hillman: aunque -como todos- tuvo serios conflictos, él supo aplicar sus ideas en su vida personal, puesto que ambas cosas siempre estuvieron profundamente entrelazadas. La honestidad, vitalidad y autenticidad que refleja su obra es algo muy poco usual en esta área tan problemática. Él no vivió para su obra: él vivió su obra.
Descansa en paz, James Hillman. Esta Navidad brindaré por ti.
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*En el sentido junguiano, los arquetipos son imágenes mentales que tienen una carga emocional muy fuerte y que configuran nuestra mente, están presentes en prácticamente todo lo que hacemos. Son parte de lo “inconsciente colectivo” ya que todos los poseemos, y se manifiestan de distintas formas, en fantasías y sueños, en obras artísticas y folclóricas, en la mitología e imaginería religiosa de todas las culturas: la gran madre, la novia, la bruja, el dragón, el loco, el héroe, la muerte, el sol, la luna, el viejo sabio, el árbol místico, el animal acompañante, etcétera. Son figuras autónomas, ya que actúan independientemente de nuestro yo: nosotros no tenemos control alguno sobre ellas. Tienen un núcleo objetivo y universal, pero su manifestación en cada uno de nosotros es completamente personal, ya que siempre nos dicen algo acerca de nuestra situación interna particular.