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No es broma. El otro día me topé con este artículo de Harvard Business Review. En resumen, dice que, conforme los ambientes laborales evolucionan hacia lo virtual, cada vez más empresas e instituciones empiezan a tomar en serio la experiencia de gamers adictos a los MMORPGs, como World of Warcraft, EverQuest, Eve Online, etc. Particularmente les interesa el factor organizacional y de trabajo en equipo: cómo un líder de gremio puede organizar a 25 sujetos para correr un raid de calabozo, la manera en que un jugador se puede adaptar para trabajar con gente de todo tipo, su capacidad para tomar decisiones frente a situaciones complicadas y demás. Aparentemente, han estado estudiando mucho estos ambientes virtuales: cómo se reclutan jugadores, qué motivaciones y recompensas tienen, la forma en que se maneja la competencia, etc.

Y es que, según parece, algunas compañías ven a los MMORPGs como modelos bastante viables de ambientes laborales que actualmente están en desarrollo, y requieren de organización a distancia entre personas de distintas procedencias y culturas. Todo apunta a que el factor lúdico jugará un papel clave y mucho más tangible en el futuro de los negocios.

Así que, si tienes cientos de horas de experiencia jugando WoW, ya puedes considerar incluirlas en tu Curriculum Vitae.

Por algún motivo, últimamente me he topado con varias pláticas y discusiones donde sale a flote el tema del suicidio. No las inicio ni las busco: vienen a mí, y eso me hace sentir un poco incómodo. Como sea, todo esto me puso a ordenar un poco mis ideas al respecto (he conocido a más de un suicida no fallido, algunos fallidos y otros más que juegan con la idea; es más, yo mismo estuve entre ese montón hace ya un largo, largo tiempo). Personalmente, tiendo a clasificar a los suicidas en tres tipos generales.

1. Del primer tipo no he conocido a nadie, pero no dudo que exista. Estas personas han atravesado por experiencias emocionales tan caóticas y terribles que simplemente han llegado a suprimir sus energías psíquicas en grados sorprendentes. Como un volcán que hace erupción y escupe toda la lava hasta quedar inerte y vacío. Marie-Louise von Franz mencionó una vez que Antoine de Saint Exupéry quizás atravesó por una experiencia tan traumática (la muerte de su hermano, creo) que no pudo sobrepasar y, literalmente, una parte de su alma murió, quedó sin emoción ni energías. Bueno, imaginen lo mismo, pero en un nivel generalizado. Hablo de una persona cuyas fuerzas constructivas están enterradas varios kilómetros abajo, que se ha vuelto completamente apático e indiferente. Alguien así buscaría el llano “Nirvana” tal como Freud lo veía, la inexistencia plena, el no-ser. Si sigue viviendo, casi sería por puro instinto (en parte como les sucedió a varios judíos durante el Holocausto). Probablemente existan remedios para algunos de estos casos, ya que la libido nunca muere del todo, pero deben ser los más complicados que hay.

2. El segundo tipo es el más común. Son personas con problemas neuróticos o psicóticos agudos, maniacodepresivos, ultradependientes, etc. En estos casos existen las fuerzas constructivas y son bastante visibles, pero se encuentran obstaculizadas seriamente. Dicho de otra forma, la tendencia natural hacia la autorrealización, el “principio de individuación” junguiano, está en conflicto con las propias resistencias neuróticas o psicóticas, al sujeto le es difícil encontrar una solución y esta situación, obviamente, ocasiona una angustia enorme. Esta gente no suele tener una consciencia demasiado firme, es hipersensible, paranoica y puede ser lastimada fácilmente.

Las tendencias suicidas se desarrollan cuando la persona entra en un estado psicótico o cuasipsicótico: le llegan imágenes de muerte a la mente, la idea de quitarse la vida cruza su cabeza con cierta frecuencia, y son cosas que no puede controlar. El mundo se le cierra, se vuelve blanco y negro, y quizás se agarre desesperadamente a una sola esperanza débil.

En estos casos, el simbolismo inconsciente de la muerte suele apuntar hacia un deseo desesperado de renovación, de “renacimiento”, que a la persona le es difícil comprender o alcanzar. El problema es que, al caer en una posición esquizoparanoide -es decir, cerrada al mundo exterior, donde se proyecta todo lo negativo hacia fuera y es casi imposible hacer introspección-, el sujeto toma el simbolismo literalmente.

Ya que, como dije, hay fuerzas positivas dentro del cuadro, es posible evitar el suicidio, pero no sencillo. Por sí sola, la persona difícilmente saldrá adelante. Como sea, los factores varían demasiado de persona a persona: para sobrepasar el problema, ese sujeto particular debe encontrar un sentido particular a su vida. Principalmente requiere de mucha empatía por parte de sus seres cercanos (y los fármacos tampoco están de más, ya que son una ayuda enorme para controlar el desequilibrio neuroquímico*).

3. El tercer tipo es el sociopático. Los sociópatas son naturalmente autodestructivos ya que, al no importarles las vidas de los demás, tampoco se preocupan demasiado por la propia: el sentido de sus vidas es esencialmente negativo, se dedican compulsivamente a la obtención de poder, a los triunfos vindicativos y a los placeres materiales y sensuales. Pueden sentir afecto e incluso lealtad, pero esos sentimientos nunca son absolutos o profundos, porque tienden a ver a las personas como objetos. Vean a los narcotraficantes: les importa poco morir, y saben que no llegarán lejos con ese estilo de vida. Son suicidas sin remedio.

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Y el punto de todo esto es… no sé. He lidiado con gente del segundo tipo casi toda la vida, y es algo bastante exhaustivo. Tratar con suicidas o gente con tendencias autodestructivas pronunciadas consume demasiada energía, literalmente le drena la vida a uno. Últimamente ya no tenido tanto ese problema, pero todavía me encuentro con gente que muestra esas tendencias, en grados quizás no tan severos como los que solía ver, pero aun así… Es cansado, tedioso, corrosivo. He intentado ayudar con todo a la gente que me importa (y por suerte ninguno ha terminado mal), pero en este punto el sólo ver que un amigo o familiar muestre algún síntoma (incluso si evidentemente es pasajero y no debiera causar mucha preocupación) me pone nervioso y cansado.

Supongo que ése es el único motivo por el que decidí no ser terapeuta: es demasiado desgastante, y el loco terminaría siendo yo.

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*En caso de que lo piensen, sí, me importa muy poco lo que opinen los lacanianos en cuanto al uso de fármacos.

Ya he estado usando el nuevo Ubuntu 9.10 desde hace unos días, y hasta ahora me ha complacido. Una corta reseña:

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Instalación

Actualicé mi versión de Ubuntu utilizando el Update Manager, sin problema alguno. Todos mis programas siguen ahí, funcionan perfectamente, y esta vez no hubo necesidad de volver a instalar Flash. De hecho, es la mejor instalación de Ubuntu que he hecho hasta ahora.

He estado leyendo los foros, y hay quienes han tenido algunos problemas con las actualizaciones (muy distintos todos ellos, desde congelamientos hasta fallas con GRUB), pero la mayoría de las veces se han resuelto con instalaciones limpias. En realidad, una instalación limpia siempre es lo más recomendable, así que háganla si quieren jugar más a la segura.

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GRUB 2

GRUB 2 es el bootloader predeterminado de Karmic Koala. La novedad es que, a diferencia de la versión pasada, GRUB 2 es personalizable: puedes agregar tus propias imágenes y controlar el esquema de arranque y selección del sistema operativo. Es un poco más cómodo, ya que, con estas implementaciones, puedes iniciar y reiniciar el sistema sin tener que estar al pendiente de la pantalla de selección con sus malditos 10 segundos para elegir el sistema operativo.

Claro que hay que tener cuidado al momento de jugar con el scripting de GRUB, ya que algún descuido puede desestabilizarlo. Por suerte, los cambios son fáciles de realizar y hay buenos y claros tutoriales por toda la red.

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Arranque y cierre del sistema

Karmic es todavía más rápido que Jaunty Jackalope en sus tiempos de arranque y cierre de sistema. El cierre es increíblemente veloz (menos de 10 segundos en mi máquina), y el arranque, aunque más tardado, sigue teniendo una amplia ventaja sobre Windows. La pantalla de inicio es mucho más elegante y práctica que la anterior, ya que cuenta con opciones para configurar idioma, teclado y sesión. Nada mal.

Pantalla de inicio

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Empathy

Tuve problemas con esto. Empathy es el nuevo cliente de mensajería por el que está apostando Ubuntu, pero curiosamente no he podido hacerlo funcionar. No quiere entrar a mis cuentas de MSN y Yahoo. Aparentemente, el problema es de GNOME más que de Empathy, y hay que esperar un quickfix para esto. Pidgin, por otro lado, sigue funcionando tan bien como siempre.

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Ubuntu Software Center

El Software Center reemplaza al viejo componente de Add/Remove Software. Esencialmente es lo mismo, sirve para buscar, bajar e instalar programas, pero su interfaz es más amigable, con una clasificación de programas y aplicaciones según distintas categorías:

Ubuntu Software Center .

Linux Kernel 2.6.31

El nuevo Kernel tiene un mejor soporte de tarjetas gráficas Intel, Nvidia y ATI. Los GPUs se detectan y configuran automáticamente. Mi computadora no está muy bien equipada en esas áreas, así que no sabría decirles qué tan bien funciona. Pero donde sí hubo un cambio notable fue en el sonido de mi máquina: ahora es mucho más fuerte y nítido, cuando antes nunca podía obtener una calidad decente. En cualquier caso, estos son cambios considerables, teniendo en cuenta los múltiples problemas que solía haber con gráficos y sonido en las versiones pasadas de Ubuntu.

También cabe destacar el soporte de USB 3.0, para quien tiene un equipo actualizado.

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Ubuntu One

Ubuntu One es la herramienta de cloud computing que presenta Karmic Koala. Honestamente, no me convenció tanto. La interfaz es muy confusa y nada amigable. Cuando ejecutas la función por primera vez, te manda a la página de Ubuntu para que te registres y abras tu espacio en línea, de 2 GB de almacenamiento. Todo se ve demasiado estándar y un poco austero, si se compara con, por ejemplo, Dropbox. Al volver a ejecutar Ubuntu One, sólo aparece la ventana de preferencias. Muchos usuarios nuevos sin duda quedarán rascándose las cabezas con esto.

Otro aspecto del que muchos se han quejado es la falta de interoperabilidad: esto sólo puede ser utilizado entre usuarios de Ubuntu, y ciertamente eso no es lo preferible. Como quiera, lo más probable es que las próximas versiones de Ubuntu estén mucho más pulidas en cuanto a estas nuevas funciones. Pero, por lo pronto, hay varios otras herramientas más prácticas.

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Una nota sobre Firefox 3.5

En Windows, Firefox es bastante lento y se “crashea” a cada rato, por lo que desde hace tiempo lo sustituí por Google Chrome y Opera. En Ubuntu casi siempre he utilizado Opera, pero con esta nueva actualización quise probar la versión más reciente de Firefox (por ser el navegador predeterminado) y, sorprendentemente, me fue incluso peor que en Windows: Firefox no sólo es lento, sino que se congela y, por algún motivo, tiende a utilizar mi procesador al máximo. No entiendo qué sucede ahí, pero por el momento me quedaré con Opera.

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Veredicto

Ubuntu 9.10 definitivamente es un paso adelante para este sistema operativo. Sigue sin ser perfecto, pero mejoró en muchas áreas clave y cada vez promete más. Recomiendo mucho actualizar el sistema si tienen una versión pasada; y, si no conocen Linux, éste es un buen momento para empezar.

Los hombres-loboLos hombres-lobo es una antología de cuentos que el escritor Juan Antonio Molina Foix compiló para editorial Siruela. Incluye seis cuentos sobre licántropos que, exceptuando el primero, eran inéditos en español y también tienen en común el haber aportado alguna novedad al género. Me gusta mucho esta selección: los cuentos fueron muy bien escogidos, la traducción es excelente, Molina Foix hace comentarios concisos antes de cada relato y también incluyó una buenísima introducción donde esboza la historia del mito de los hombres-lobo.

El primero de este montón es El lobo blanco de las montañas Hartz (1838), de Frederick Marryat, considerado el primer gran clásico del género. Ahí una mujer-loba aparece en la forma de un antiguo espíritu o diosa pagana, como una Lilith devoradora de niños. Tiene poco que ver con la imagen más conocida de esta bestia, pero este cuento gótico es interesante por ser uno de los que popularizó el género a mediados del siglo XIX. No es mi favorito de la antología, pero es ingenioso y no deja de ser lectura obligada para todo el que esté interesado en las historias de hombres-lobo.

Le sigue Hughes, el hombre-lobo (1839), de Sutherland Menzies (aparentemente el pseudónimo de una tal Elizabeth Stone), otro cuento gótico que destaca por ser el primero que presenta a un hombre-lobo inglés. Además, tiene la peculiaridad de ser un poco más “racionalista” y desechar todos los elementos sobrenaturales como supersticiones de campesinos crédulos. No es malo, pero es el que menos me agradó de la selección, más que nada por su cursilería extraña, aunque debo decir que esta cursilería es bastante sombría y medio demencial.

Luego llega El campamento del perro (1908), de Algernon Blackwood. ESTO es lo que quería leer. Este relato forma parte de sus famosos cuentos de John Silence, el investigador de lo oculto. Es una historia brillante: la primera mitad trata acerca de las sensaciones y percepciones que un grupo de campistas tiene durante una excursión a una región desolada de Suecia; la tensión se eleva poco a poco y el hombre-lobo sólo aparece a partir de la segunda mitad. Entonces entra en escena John Silence, quien da una explicación sistemática, entre psicológica y esotérica, de la transformación del hombre-lobo. La resolución es de lo mejor. La narración es buenísima. Ya antes había leído un par de cuentos de Blackwood en otras antologías, pero ninguno me había impactado tanto como éste. Se ha convertido en uno de mis relatos fantásticos favoritos.

La caza (1931) es un cuento curioso, el único relato fantástico del hermano mayor de Ian Fleming, Peter. Es el más corto de la selección, y narra la historia de un aristócrata inglés que sufre una maldición debido al abandono de una criada a la que dejó embarazada. Para ser una historia medio cliché (especialmente el final), es entretenida y está muy bien escrita. Por cierto que introdujo una variante en el mito, aunque hasta donde sé no ha sido demasiado utilizada: según el cuento de Fleming, un hombre-lobo tiene el dedo anular más grande que el corazón, y puede ser identificado fácilmente por ese rasgo.

Tabú (1939), de Geoffrey Household (pseudónimo de Edward West, un muy olvidado novelista inglés), es el cuento que más me gustó después de El campamento del perro. Molina Foix lo incluyó por tener la primera referencia literaria de la plata como antídoto de la licantropía, pero más allá de eso me parece un relato excelente, muy bien narrado y estructurado, con personajes y descripciones geniales, y con un final bastante ingenioso e inesperado. No se los voy a arruinar diciéndoles más, pero les aseguro que, si les atrae el género, este cuento les va a gustar.

La antología termina con El gâloup (1959), de Claude Seignolle, autor también de la famosa novela Marie la loba (publicada en español por José J. de Olañeta, pero cada vez más difícil de conseguir). No es un relato de demasiada acción, pero su novedad está en que cuenta la historia tanto desde la perspectiva de los campesinos que son acosados por el hombre-lobo, como desde el ángulo del hombre-lobo mismo. Quizás sea un poco redundante, pero dentro de todo la narrativa es muy buena y el tratamiento que Seignolle le dio al mito es bastante convincente.

No recuerdo bien dónde conseguí este libro, fue hace varios años. Probablemente fue en una Feria del Libro; en ese caso, sin duda en el stand de Colofón. No es un libro que esté en los catálogos de muchas librerías aquí en México, pero si lo llegan a ver por ahí, créanme que vale mucho la pena.

Drag Me to HellSi se perdieron Drag Me to Hell mientras estuvo en cartelera, les recomiendo que chequen el DVD. Sam Raimi regresó al terror en muy buena forma.

La historia es simple: sólo por complacer a su jefe, una empleada de banco le niega una extensión de pago a una anciana gitana, haciéndole perder su casa; la gitana se venga de ella lanzándole una maldición que consiste en tres días de tormento sobrenatural, tras los cuales la mujer será arrastrada al infierno.

La trama quizás suene un poco tonta, pero el objetivo de la película sencillamente es divertir. Raimi utiliza muchos de sus viejos trucos de Evil Dead; es decir, ésta de ninguna manera es una película seria. Hay muchos momentos cómicos, excelente fotografía y efectos sombríos. El filme sólo es acerca de estilo y entretenimiento, no pretende nada más.

No hay mucho que decir. Drag Me to Hell sólo es una película para fans del género que quieran pasar un buen rato. Y no decepciona.

Only the End of the World AgainOnly the End of the World Again (1998) es un cómic corto de Neil Gaiman, que cuenta la historia de Lawrence Talbot, un “ajustador” (una especie de detective privado, matón a sueldo o algo así) que también es un hombre-lobo. Por algún motivo, Talbot se encuentra en el pueblo lovecraftiano de Innsmouth; es invierno, y está a punto de ocurrir un rito mediante el cual se despertará a los dioses antiguos, que deberán traer el fin del mundo.

No es la mejor historia de Gaiman, pero tampoco diría que es mala. Lo que no me gustó mucho de este cómic es que la trama se desarrolla de manera extraña y abrupta, sin mucha explicación. Se infiere que hay toda una historia detrás de Talbot, los raros residentes de Innsmouth con quienes se topa, y la entidad extraña contra la que combate al final, pero no llegamos a saber nada de eso. Por supuesto, es un cuento para quienes conocen a Lovecraft y sus mitos de Cthulhu, pero más allá de eso hay demasiada ambigüedad, y me habría gustado ver un poco más de explicación aquí.

Pero lo que sí me agradó fue la excelente narración y los personajes en sí mismos, que son interesantísimos, aunque les falte elaboración. Por otro lado, la ambientación es de lo mejor, lovecraftiana pero con el toque onírico de Gaiman. Sólo por eso vale la pena leer este cómic.

Pueden bajarlo aquí.

Sherlock Holmes: The AwakenedApesta que en tiempos de precariedad económica mundial estén saliendo a la venta tantos juegos excelentes. Uno debe conformarse con rentas, esperar algunos meses para encontrarlos usados y a buen precio, o esperar a que obtengan estatus de platino, si la idea es conseguirlos nuevos. Pero, si no se tiene un centavo en la bolsa, claro que uno también puede buscar algunas joyas que se le hayan pasado en los últimos años, muchos de las cuales se pueden encontrar ilegalmente gratis por todo Internet. Sherlock Holmes: The Awakened es de esos casos, un muy buen juego para el que no se necesita dinero alguno (si se sabe dónde buscar), ni tampoco demasiado poder de computadora.

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Historia

The Awakened es parte de las series de Sherlock Holmes que Frogwares ha estado sacando desde hace años. No he checado los juegos más recientes, pero sé que éste sigue siendo considerado entre los mejores, y es fácil ver por qué.

La historia del juego trata acerca de unas desapariciones extrañas que tienen que ver con el culto de Cthulhu. Sí, sé que la idea de mezclar a Sherlock Holmes con el mundo de H. P. Lovecraft suena rara, pero la gente de Frogwares hizo un trabajo muy bueno, se nota que conocen bastante bien ambos universos. En pocas palabras, no hay nada que temer, la historia de The Awakened no cae en el ridículo. Al contrario, es un cuento policiaco con tintes de horror que resulta bastante decente y entretenido, considerando los estándares de videojuegos.

Lo mejor de todo son las personificaciones de Holmes y Watson: son los clásicos de Conan Doyle, punto. Holmes es el mismo genio medio rebelde y arrogante de los cuentos, y Watson su fiel ayudante, un gentleman inglés bonachón y un tanto ingenuo. Sus personalidades son muy bien retratadas, los diálogos excelentemente escritos. Hicieron todo lo que pudieron por mantenerse fieles a las historias de Conan Doyle, y lo lograron. Es algo que no se ve mucho en videojuegos.

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Diseño y gameplay

La versión original de The Awakened (la que jugué) se juega en primera persona, pero también existe un remaster que salió en 2008, el cual incluye una opción para tercera persona. Uno maneja a Sherlock Holmes -y un par de ocasiones a Watson-, y debe buscar pistas en toda las áreas hasta formar una imagen coherente de lo sucedido. Y cuando digo que hay que explorarlas todas, es porque no se puede dejar un solo rincón sin examinar, ni un solo documento sin leer: éste no es precisamente un juego sencillo. Aparte de reunir pistas, Holmes a veces tendrá que hacer algunas pruebas químicas en su laboratorio en Baker Street, y resolver puzzles de varios tipos: algunos de ellos son ambientales y requieren de artículos específicos que hay que encontrar o fabricar utilizando cosas del inventario, tipo MacGyver; otros consisten en romper códigos y solucionar acertijos más comunes, pero no por ello fáciles.

El diseño es bastante bueno: Holmes debe investigar varios lugares, como los puertos de Londres, un sanatorio psiquiátrico en Suiza (al cual hay que infiltrarse), la ciudad pantanosa de Nueva Orleans, en E.U., y unas cuevas en Escocia. Cada lugar se siente único, y en todos ellos hay mucho que hacer. No he escuchado de alguien que se haya aburrido con esto.

Lo que sí es común es atorarse en alguna parte. Como dije, no es un juego sencillo, requiere que uno encuentre todas las pistas y artículos antes de avanzar a la siguiente etapa, hay que leer todas las notas y documentos, y algunos de los puzzles toman tiempo (el más tardado para mí fue de 30 minutos, y hubo uno al que no le encontré mucho sentido, y resolví por pura suerte), pero siempre hay guías en Internet en caso de que encuentres el juego muy frustrante.

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Presentación

Éste es quizás el lado más débil del juego, pero también tiene aspectos muy buenos. Por una parte, el diseño de los lugares da una imagen casi exacta de cómo eran a finales del siglo XIX, y las actuaciones de voz son excelentísimas: Holmes y Watson son de lo más convicencentes, y el resto de los NPCs responden de una manera muy natural, y los acentos no les fallan en ningún momento.

Pero las animaciones son un poco crudas para un juego de 2006: los personajes apenas cambian de gesto y se ven algo poligonales. Además, los lugares que Holmes visita siempre están desiertos: ¿qué les pasó a las agitadas calles londinenses de Conan Doyle? Lo mismo sucede con Nueva Orleans: apenas hay personajes que ambienten la ciudad.

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Pero las fallas son mínimas, considerando el paquete completo. Es un buen juego de detectives, con algunos elementos de terror que quizás no llegan a asustar del todo, pero sí contribuyen a crear un ambiente oscuro y sombrío, que en lo personal me dejó bastante satisfecho. Recomendadísimo.

Holmes y Watson visitan Louisiana

Self-Analysis

Self-Analysis, de Karen HorneyYa ha pasado más de medio siglo desde su muerte, pero Karen Horney sigue sin recibir la atención que merece por parte de los psicoanalistas hispanos. Hasta donde sé, sólo se han traducido al español dos de sus libros: La personalidad neurótica de nuestro tiempo (Paidós) y El proceso terapéutico (La Llave). Ella fue, sin duda, una de las terapeutas más humanas de su tiempo, y su perspectiva existencial de las neurosis sigue siendo de las más claras y profundas que hay sobre el tema. Es una lástima que su obra sea tan ignorada fuera del mundo anglosajón (e incluso es un tanto desconocida entre los analistas angloparlantes más jóvenes).

Self-Analysis es uno de sus estudios más famosos, quizás más debido al chisme que a cualquier otra cosa. Horney escribió este libro justo después de haber terminado una tormentosa relación amorosa con Erich Fromm, y Self-Analysis precisamente detalla los descubrimientos que ella hizo después de un largo proceso de introspección por el que atravesó sola. Aquí se utilizó a sí misma como un caso empírico (el único caso extenso en toda su obra), bajo el nombre ficticio de Clare; pero no lo ocultó, o no quiso ocultarlo muy bien, porque incluso quien no conoce su biografía puede darse cuenta fácilmente de que hay algo sospechoso ahí. Lo más gracioso es que ella hasta le hace un par de guiños de ojo a Fromm (nada sutiles) mientras cuenta y analiza el caso.

(La verdad, Erich Fromm habrá escrito El arte de amar, pero es claro que él no era precisamente un experto en la práctica.)

Como sea, Self-Analysis es uno de los estudios más profundos y completos que he leído a ese respecto. Aquí, Horney resume su teoría acerca de las “tendencias neuróticas” (un esbozo de tipología de los diferentes patrones neuróticos que suelen manifestarse en la gente, de acuerdo a las estrategias que utiliza para definir sus relaciones interpersonales) y se pregunta cómo podría un individuo darse cuenta, por sí solo, de la manera en que las neurosis actúan sobre él, con todas sus implicaciones; y, más importante aún, si le sería posible sobrepasarlas.

No hay respuesta sencilla para eso, y, como es natural, Horney se abstiene de afirmar algo definitivo, ya que éste es terreno eminentemente subjetivo. Por un lado, la autora no se cansa de repetir que el análisis con un terapeuta es mucho más rápido y efectivo, por razones evidentes: trabajo común e interacción tangible con otra persona. Pero el autoanálisis ocurre de una manera natural en todos nosotros, como parte de nuestro propio desarrollo anímico (lo cual da a entender una idea que Horney elabora más en su obra posterior: la psique humana tiende naturalmente hacia la autorrealización y algo así como un “balance” o compensación anímica).

Una de las observaciones más interesante que Horney hace aquí es que buena parte de este autoanálisis suele ocurrir de manera intuitiva e inconsciente, como si por dentro nuestra propia mente nos preparara para los cambios importantes, que solamente deben ser revelados a la consciencia en los momentos más propicios. De hecho, si la consciencia se encuentra débil o frágil, lo inconsciente mismo utiliza mecanismos de protección para evitar que emerjan contenidos fuertes; esto se manifiesta en la forma de resistencias o limitaciones. En otras palabras, el proceso de hacer conscientes los contenidos inconscientes debe ser gradual y cuidadoso, y las resistencias neuróticas (como la evasión, la negación, la racionalización excesiva, la simplificación, etc.) no siempre constituyen elementos negativos.

Por cierto que la labor de autoanálisis es lenta y todavía más engañosa que la de análisis con un profesional, incluso si quien se analiza a sí mismo es una persona instruida en psicoanálisis. Horney destacó que muchas de las interpretaciones que su pseudónimo Clare dio a su comportamiento fueron correctas, pero normalmente se quedaban en la superficie; es decir, podía reconocer una tendencia neurótica pero casi nunca la exploraba hasta sus últimas consecuencias, era incapaz de profundizar en toda su dinámica, en la manera en que llegaba a afectar todos los aspectos de su vida y sus relaciones personales, sin mencionar cómo se entrelazaba con varias otras tendencias mórbidas. Más aún, una persona educada en psicoanálisis corre el peligro de intelectualizar demasiado sus autointerpretaciones, sin llegar a entender su valor empático o subjetivo, que en todo momento debe ser el objetivo principal del análisis: en este caso, la racionalización consituye una barrera neurótica y narcisista, que nubla el entendimiento total del problema.

Por lo demás, las resistencias y limitaciones del autoanálisis pueden ser infinitas, adoptan todo tipo de formas. En los casos más severos, la neurosis puede estar tan enraizada que es casi imposible librarse de ella. De cualquier forma, Horney menciona varios tipos generales de resistencias y también habla de tácticas que usualmente se utilizan en psicoanálisis para lidiar con ellas. Además, da algunos consejos prácticos para realizar el autoanálisis, entendiendo que, aunque éste nunca podrá ser realmente sistemático, como quiera es algo que todos estamos impulsados a hacer a través de nuestras vidas.

Aprovecho para citar un fragmento que me gustó mucho:

There is a great difference between a person who, though merely drifting and finding no meaning in life, is nevertheless vaguely searching for something, and a person who, like Hedda Gabler [el personaje de la obra de Henrik Ibsen], has turned his back on life with a bitter and final resignation.

Ciertamente, incluso en medio de las depresiones más fuertes, hay personas que -a pesar de utilizar una fachada dura e incluso llegarse a creer sus propias ideas fatalistas y categóricas- en el fondo siguen luchando y buscando un sentido profundo en la vida. Incluso, como Horney menciona más adelante, en los casos más severos y complicados pueden existir todavía fuerzas constructivas, si sólo pudieran ser descubiertas y utilizadas.

Esto último yo lo he llegado a ver en Heddas Gabler de la vida real. Hablo de personas extremadamente paranoides y sensibles, de pensamiento duro y dogmático, narcisistas, agresivas y casi intratables. Un par de sujetos así me han sorprendido con cambios que nadie jamás creyó serían posibles en ellos. Claro, no es que hayan cambiado por completo (si acaso son menos intratables que antes), pero las transformaciones fueron notables y bastante positivas. Y esto lo lograron por sí solas. Ni siquiera creen en el psicoanálisis, pero pudieron realizar un soul searching tal que consiguieron expandir considerablemente su visión y posibilidades de vida.

Lo que intento decir es que, repitiendo las lecciones de Horney, de ninguna manera se debe subestimar el potencial del autoanálisis. Pero, por otro lado, sobrevalorarlo también supone riesgos. En cualquier caso, solamente forma una parte de la ecuación: el resto lo constituyen las relaciones humanas y la vida misma.

3 por ciento de impuesto al uso de Internet aquí en México. Después de casi 20 años de existencia de la red, habiendo pasado el nacimiento de la Web 2.0 y durante la expansión de la computación en nube, a ese montón de simios parasíticos que forman el Congreso del país se le ocurre ponerle un impuesto de 3% al uso de Internet, como si fuera una especie de lujo innecesario.

Lo más inverosímil de todo es que el impuesto se toma como una supuesta medida para restablecer la economía del país. Es una contradicción estúpida:  la red es esencial e indispensable para el sostenimiento mismo de la economía, tanto así que en muchos otros países con mayor sentido común, el acceso a Internet es gratuito.

De por sí los servicios de Internet en México están para llorar, ahora la cosa sin duda se va a poner insufrible.

Algo muy odioso de todo período de transición es que se llega a momentos de confusión tales que, por lo general, hay reacciones masivas de retroceso, completamente impulsivas e inspiradas por el miedo a perder el control (que, por otro lado, jamás se tuvo). Entonces, tenemos a un mesías gringo que predica el cambio pero actúa exactamente como sus predecesores; a algunos locos en Sudamérica que quieren ver realizados los sueños socialistas de los 70; a unos hondureños que creen que todavía pueden deshacerse de sus presidentes así nada más, como si fuera 1973; y a una oligarquía rusa que fantasea con regresar la madre patria al poderío de los viejos tiempos.

En todos lados tratan de darle golpes a la era de la información.

El impuesto a Internet forma parte de esa tendencia retrógrada. No es como que la propuesta siquiera fue analizada; los congresistas sólo quieren sacar algo de dinero sin tener que hacer cambio alguno al sistema. Obviamente, lo único que logran es complicar todavía más un sistema obsoleto e improductivo, y así preparan el camino para una catástrofe enorme, que sentiremos en un futuro demasiado cercano. No es que a ellos les importe en lo personal: tienen garantizado un buen colchón de billetes para saltar el pozo (al menos en cuanto a lo inmediato).

En serio, el aumento de 16% al IVA, 3% a los depósitos en efectivo, 7.6% al ISR y los incrementos constantes al precio de la gasolina son suficiente para hacer caer en pánico a cualquiera. Pero, de todos ellos, pienso que el de mayor potencial catastrófico es el impuesto a telecomunicaciones.

En realidad, dudo mucho que este impuesto particular dure para siempre. Pero México es conocido por su testarudez en cuanto a mantener impuestos perjudiciales, y algo me dice que, para cuando desaparezca, probablemente ya habremos atravesado por sus consecuencias más extremas.

Inglourious BasterdsMi película favorita de Tarantino, decidido.

Han criticado a Inglourious Basterds porque Tarantino repite en ella los mismos trucos de siempre, porque supuestamente exhibe un mundo en blanco y negro y porque retrata a los judíos como si fueran locos sedientos de venganza, tan dementes como los mismos Nazis. También hubo quienes se molestaron porque el filme cambia la historia de la Segunda Guerra Mundial y no la toma con la “suficiente seriedad”.

1) Sí, esta película en tan tarantinesca como cualquier otra del director, pero eso es lo que todo fan de Tarantino quiere ver. El estilo es increíble, la violencia es exagerada y gráfica, los diálogos son entretenidísimos y, dentro del drama, hay tanto humor que es imposible tomarla en serio.

2) Tarantino es extremoso, y de cualquier forma, ¿cómo no iba a serlo en una película acerca de la Segunda Guerra Mundial? Sólo retrata la mentalidad bélica, y de cualquier manera no es como que hay gente “buena” aquí: todos son unos dementes.

3) En cuanto al retrato de los judíos… Sí, ciertamente ellos nunca fueron tan victimizados como para desarrollar un sentimiento colectivo de venganza desenfrenada que desborda al punto en que han llegado a parecerse mucho a sus viejos perseguidores Nazis. [/sarcasmo]

4) Ningún tema debe ser tabú. Cualquier escritor o cineasta puede cambiar la historia si le da la gana, y reírse de ella tanto como quiera. De cualquier forma, entre otras cosas, se podría decir que Inglourious Basterds es un retrato consciente del ridículo y el absurdo que se vive en una guerra. El humor cumple con una muy buena función aquí.

Por lo demás, si quieren ver a uno de los mejores villanos que haya aparecido en el cine en mucho tiempo, vayan a checar el papel que Christoph Waltz hace aquí. Él incluso opaca la actuación de Brad Pitt, que también es genial.

A lo mejor les parece una película larga (dura 2 horas y media), pero a mí se me pasó casi volando. De hecho, hasta quería seguir viendo más. Mejor película en lo que va del año, en mi opinión.

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