Ya ha pasado más de medio siglo desde su muerte, pero Karen Horney sigue sin recibir la atención que merece por parte de los psicoanalistas hispanos. Hasta donde sé, sólo se han traducido al español dos de sus libros: La personalidad neurótica de nuestro tiempo (Paidós) y El proceso terapéutico (La Llave). Ella fue, sin duda, una de las terapeutas más humanas de su tiempo, y su perspectiva existencial de las neurosis sigue siendo de las más claras y profundas que hay sobre el tema. Es una lástima que su obra sea tan ignorada fuera del mundo anglosajón (e incluso es un tanto desconocida entre los analistas angloparlantes más jóvenes).
Self-Analysis es uno de sus estudios más famosos, quizás más debido al chisme que a cualquier otra cosa. Horney escribió este libro justo después de haber terminado una tormentosa relación amorosa con Erich Fromm, y Self-Analysis precisamente detalla los descubrimientos que ella hizo después de un largo proceso de introspección por el que atravesó sola. Aquí se utilizó a sí misma como un caso empírico (el único caso extenso en toda su obra), bajo el nombre ficticio de Clare; pero no lo ocultó, o no quiso ocultarlo muy bien, porque incluso quien no conoce su biografía puede darse cuenta fácilmente de que hay algo sospechoso ahí. Lo más gracioso es que ella hasta le hace un par de guiños de ojo a Fromm (nada sutiles) mientras cuenta y analiza el caso.
(La verdad, Erich Fromm habrá escrito El arte de amar, pero es claro que él no era precisamente un experto en la práctica.)
Como sea, Self-Analysis es uno de los estudios más profundos y completos que he leído a ese respecto. Aquí, Horney resume su teoría acerca de las “tendencias neuróticas” (un esbozo de tipología de los diferentes patrones neuróticos que suelen manifestarse en la gente, de acuerdo a las estrategias que utiliza para definir sus relaciones interpersonales) y se pregunta cómo podría un individuo darse cuenta, por sí solo, de la manera en que las neurosis actúan sobre él, con todas sus implicaciones; y, más importante aún, si le sería posible sobrepasarlas.
No hay respuesta sencilla para eso, y, como es natural, Horney se abstiene de afirmar algo definitivo, ya que éste es terreno eminentemente subjetivo. Por un lado, la autora no se cansa de repetir que el análisis con un terapeuta es mucho más rápido y efectivo, por razones evidentes: trabajo común e interacción tangible con otra persona. Pero el autoanálisis ocurre de una manera natural en todos nosotros, como parte de nuestro propio desarrollo anímico (lo cual da a entender una idea que Horney elabora más en su obra posterior: la psique humana tiende naturalmente hacia la autorrealización y algo así como un “balance” o compensación anímica).
Una de las observaciones más interesante que Horney hace aquí es que buena parte de este autoanálisis suele ocurrir de manera intuitiva e inconsciente, como si por dentro nuestra propia mente nos preparara para los cambios importantes, que solamente deben ser revelados a la consciencia en los momentos más propicios. De hecho, si la consciencia se encuentra débil o frágil, lo inconsciente mismo utiliza mecanismos de protección para evitar que emerjan contenidos fuertes; esto se manifiesta en la forma de resistencias o limitaciones. En otras palabras, el proceso de hacer conscientes los contenidos inconscientes debe ser gradual y cuidadoso, y las resistencias neuróticas (como la evasión, la negación, la racionalización excesiva, la simplificación, etc.) no siempre constituyen elementos negativos.
Por cierto que la labor de autoanálisis es lenta y todavía más engañosa que la de análisis con un profesional, incluso si quien se analiza a sí mismo es una persona instruida en psicoanálisis. Horney destacó que muchas de las interpretaciones que su pseudónimo Clare dio a su comportamiento fueron correctas, pero normalmente se quedaban en la superficie; es decir, podía reconocer una tendencia neurótica pero casi nunca la exploraba hasta sus últimas consecuencias, era incapaz de profundizar en toda su dinámica, en la manera en que llegaba a afectar todos los aspectos de su vida y sus relaciones personales, sin mencionar cómo se entrelazaba con varias otras tendencias mórbidas. Más aún, una persona educada en psicoanálisis corre el peligro de intelectualizar demasiado sus autointerpretaciones, sin llegar a entender su valor empático o subjetivo, que en todo momento debe ser el objetivo principal del análisis: en este caso, la racionalización consituye una barrera neurótica y narcisista, que nubla el entendimiento total del problema.
Por lo demás, las resistencias y limitaciones del autoanálisis pueden ser infinitas, adoptan todo tipo de formas. En los casos más severos, la neurosis puede estar tan enraizada que es casi imposible librarse de ella. De cualquier forma, Horney menciona varios tipos generales de resistencias y también habla de tácticas que usualmente se utilizan en psicoanálisis para lidiar con ellas. Además, da algunos consejos prácticos para realizar el autoanálisis, entendiendo que, aunque éste nunca podrá ser realmente sistemático, como quiera es algo que todos estamos impulsados a hacer a través de nuestras vidas.
Aprovecho para citar un fragmento que me gustó mucho:
There is a great difference between a person who, though merely drifting and finding no meaning in life, is nevertheless vaguely searching for something, and a person who, like Hedda Gabler [el personaje de la obra de Henrik Ibsen], has turned his back on life with a bitter and final resignation.
Ciertamente, incluso en medio de las depresiones más fuertes, hay personas que -a pesar de utilizar una fachada dura e incluso llegarse a creer sus propias ideas fatalistas y categóricas- en el fondo siguen luchando y buscando un sentido profundo en la vida. Incluso, como Horney menciona más adelante, en los casos más severos y complicados pueden existir todavía fuerzas constructivas, si sólo pudieran ser descubiertas y utilizadas.
Esto último yo lo he llegado a ver en Heddas Gabler de la vida real. Hablo de personas extremadamente paranoides y sensibles, de pensamiento duro y dogmático, narcisistas, agresivas y casi intratables. Un par de sujetos así me han sorprendido con cambios que nadie jamás creyó serían posibles en ellos. Claro, no es que hayan cambiado por completo (si acaso son menos intratables que antes), pero las transformaciones fueron notables y bastante positivas. Y esto lo lograron por sí solas. Ni siquiera creen en el psicoanálisis, pero pudieron realizar un soul searching tal que consiguieron expandir considerablemente su visión y posibilidades de vida.
Lo que intento decir es que, repitiendo las lecciones de Horney, de ninguna manera se debe subestimar el potencial del autoanálisis. Pero, por otro lado, sobrevalorarlo también supone riesgos. En cualquier caso, solamente forma una parte de la ecuación: el resto lo constituyen las relaciones humanas y la vida misma.